El primer día que pisé la calle para salir a hacer la compra durante el confinamiento, tuve un pequeño episodio de ansiedad. Llevaba más de una semana encerrada en casa y en la televisión solo hablaban de infectados, muertes y peligrosidad. Abría Instagram y nada más encontraba memes, ilustraciones e historias aleatorias que pedían a la población que respetase las medidas de confinamiento. Por aquel entonces, a finales de marzo, aún no me había hecho con una mascarilla y los guantes de látex que tenía eran de la talla de un crío de cinco años, por lo que se rompieron al segundo de probármelos.

En el supermercado había largas y distantes colas y un guardia de seguridad observaba atento cada uno de mis movimientos. Al entrar, como todas, tuve que echarme gel desinfectante y ponerme dos bolsas de fruta en las manos, pues los guantes se habían agotado. No me quedaban apenas verduras, había gastado la última rebanada de pan en el desayuno y mi leche de avena favorita se había disuelto con el café que tomé a media mañana. Tenía que hacer la compra y, aunque el corazón me latiese más rápido que de costumbre y cada respiración me supusiese un esfuerzo mayor al habitual, no me quedaba otra que salir y hacer la compra. Esa primera salida me generó un agobio extraño y ayer, cuando por fin teníamos la oportunidad de salir a pasear, sentí algo similar. Segura que muchas de vosotras os sentís identificadas pues esta sensación tiene nombre: se llama el Síndrome de la cabaña y es más común de lo que creemos.

¿Qué es el Síndrome de la cabaña?

No estás sola pues el conocido como Síndrome de la cabaña se comenzó a incluir clínicamente en 1900, cuando cazadores y buscadores de oro, que pasaban meses enteros aislados en sus cabañas, mostraban síntomas de desconfianza, agobio y miedo al volver a la vida en sociedad. Ahora, sin oro y espero que también sin cazar, nosotras vivimos una situación similar. Llevamos más de cincuenta días confinadas en casa y, aunque una parte de nosotras tenga muchas ganas de salir y disfrutar de los paseos por el barrio, otra nos genera cierto temor y angustia.

No debemos preocuparnos pues lo que sentimos es completamente normal. Después de tantas semanas sin salir, es común tener cierta apatía y que, al contrario de lo que pudiéramos esperar, no tengamos tantas ganas de hacer actividades al aire libre. El Síndrome de la cabaña puede hacernos sentir desconcierto, frustración o medio pero muchas veces también simple pereza. «¿Para qué salir de casa si tengo todo lo que me hace falta entre esta cuatro paredes?» podemos pensar. Debemos esforzarnos para intentar superar esta angustia, pues no es en absoluto agradable, pero también luchar contra la desgana para volver cuanto antes a la tan ansiada normalidad. Estas son algunos de los consejos que puedes seguir.

Piensa menos, razona más 

Hay veces en las que los pensamientos negativos pueden adueñarse de nuestra mente. Ideas tremendistas y extremas que quizás no se adapten del todo a la realidad. Intenta, en la medida de lo posible, ser razonable. Valora la situación desde la mayor objetividad y no seas tu mayor enemiga. La realidad no es tan bonita como nos gustaría pero quizás tampoco tan horrible como inicialmente crees.

Despacito y con buena letra

«Vísteme despacio, que tengo prisa», decía mi abuela. Y razón no le faltaba. Acepta que es normal lo que sientes e intenta superarlo poco a poco. Haz pequeñas salidas, recorre cortas distancias e intenta ir adaptándote a la nueva normalidad. Al fin y al cabo, si has sido capaz de cambiar por completo tu rutina y aguantar días sin salir de casa, ahora puedes hacerlo a la inversa. No tengas prisa, ten confianza.

Fíjate un objetivo pero no te presiones

No tienes que salir de casa si no te apetece pero es importante fijarse objetivos. Aprovecha que no tienes fruta en la nevera para salir a hacer la compra en el horario establecido y date un pequeño paseo. No te obligues a estar más tiempo si no te apetece pero tampoco te obligues a ser rápida y veloz. Tómate las cosas con calma e irán mejor.

Haz cosas que te relajen

Ya que te has concienciado y vas a salir a la calle, puedes buscar cosas que te relajen y hacerlas por el camino. Colócate los auriculares en los oídos y escucha a tu grupo favorito, da un paseo en bicicleta o aprovecha para pasar por tus calles favoritas del barrio. Aunque no lo creas, estos pequeños gestos pueden ayudar a relajarte.

Tú decides cuándo, dónde y con quién

Es tú cuerpo y tú eres la que manda. Si consideras que estarás más cómoda saliendo a pasear acompañada con alguien de casa, hazlo. Por el contrario, si crees que prefieres hacerlo sola, sal por tu cuenta. Elige, dentro de las horas permitidas, los momentos del día que más te favorezcan. ¿Eres una persona madrugadora? Entonces, aprovecha las primeras horas de la mañana. Si eres más nocturna, da un paseo por la noche. Busca, si crees que te favorece, esas horas en las que hay menos gente y camina por las zonas que mejor consideres. Al fin y al cabo, tú te conoces mejor que nadie.

Comodidad y seguridad

Es importante que, aunque ya tengamos permitido salir, sigamos teniendo en cuenta los motivos por los que hemos estado cincuenta días confinadas. Protégete. Usa guantes y mascarilla y, al volver a casa, lávate bien las manos. Viste ropa cómoda pero con la que te sientas guapa. Ya sabes que, cuando una se ve bien por fuera, es más fácil que se sienta bien por dentro.